Cartas a Timoteo Número 9
Mi querido Timoteo:
«Estaba un día mirando a través de la persiana de mi casa y vi algo que me atrajo la atención. Eran unos jóvenes que parecían no tener sentido común. Como que nada les importaba. Por cierto, uno de ellos parecía estar totalmente falto de juicio. Lo vi cruzar la calle, llegar a una esquina y encaminarse hacia la casa de una mujer. El día llegaba a su fin, y las sombras de la noche avanzaban.
»De pronto la mujer, con aspecto de mujer de la noche y con visibles intenciones malsanas, vio que él se acercaba a su casa y salió a su encuentro. Allí mismo, en la calle, lo abrazó y lo besó. Con todo descaro le dijo: "Salí de la casa precisamente para buscarte, y te he encontrado. Mi cama está arreglada con sábanas de lino fino importadas y perfumadas con perfumes traídos de lugares exóticos. Ven, bebamos de la copa del amor hasta el amanecer. Mi esposo no está en casa. Ha emprendido un largo viaje y no regresará por varios días."
»Con sus palabras seductoras lo convenció, y con halagos, mimos y abrazos lo sedujo. Él en seguida la siguió, yendo tras ella como buey que va camino al matadero, como ciervo que cae en la trampa, como ave que se lanza contra la red.»
Esta palabra, mi querido Timoteo, es una paráfrasis de la sabiduría de Salomón que se encuentra en Proverbios, capítulo siete. La traigo a cuentas porque quiero tocar el tema que esta alegoría de Salomón presenta: advertir uno de los peligros más perversos, una de las artimañas más sutiles, uno de los engaños más perspicaces de Satanás.
Este engaño ha llevado a muchos hombres, desgraciadamente hasta al hombre de Dios, a la destrucción total de su persona, su familia, su ministerio y todo su futuro. ¿Qué es este engaño? Lo digo en una sola palabra: la lujuria. Es decir, la tentación de la naturaleza pecaminosa del hombre.
Las tentaciones que incitan, y a veces conquistan, al siervo de Dios son múltiples -el poder, la posición, el dinero, el orgullo- pero hay una tentación que es quizá la más intensa de todas: la lascivia, el apetito carnal insaciable. Una de las maneras en que esta tentación se expresa es por la pornografía. El vocablo viene de la palabra griega porne, que significa «prostituta».
La adicción a la pornografía ha llegado al colmo de cautivar a millones de hombres en todo el mundo. En 1998 los adictos a la pornografía gastaron novecientos setenta millones de dólares viendo escenas pornográficas en la red electrónica mundial, y quienes han hecho estudios del avance de esta práctica calculan que para el año 2003 la cifra ascenderá a más de tres mil millones de dólares.
En una encuesta realizada por la organización Cumplidores de Promesas, sesenta y cinco por ciento de sus adherentes confesaron haber sido adictos a la pornografía, y en otra encuesta entre pastores y líderes laicos cristianos realizada por Leadership Magazine (revista sobre el liderazgo) salió a la luz que sesenta y dos por ciento confesaron haber estado involucrados en la pornografía. Se calcula que uno de cada cinco líderes cristianos es adicto a la pornografía, lo cual nos obliga a preguntarnos: ¿Cómo es posible que ese elevado número de personas, que se identifican como creyentes en Cristo y, aun más, como líderes dentro de la iglesia, estén envueltos en algo tan inmundo, impúdico, corrompido y destructivo?
La pornografía, ciertamente, apela a uno de los instintos más poderosos del género masculino, el impulso sexual. Cuando el hombre se permite observar imágenes orientadas a actos sexuales, esto lo domina a tal grado que él, aun sabiendo que hace mal, no tiene la fuerza de voluntad de corregir su mirada, y aun más, busca experimentar lo que está observando. Las hormonas masculinas se enardecen, lanzando a su víctima a una lascivia incontrolable e insaciable.
¿De dónde viene esto? Aquí, Timoteo, tengo que aclarar algo. Fue Dios quien creó la atracción sexual. Lo hizo no sólo para la procreación de la raza humana, sino también para unir a dos personas, esposo y esposa, con lazos de amor, armonía, felicidad y deleite. El acto sexual no es pecado. Cuando se practica dentro de la intimidad matrimonial, no quebranta ninguna ley bíblica, moral o espiritual. El pecado consiste en llevarlo más allá de lo que Dios estableció. La lascivia es un pecado destructivo que domina y controla la mente y la vida hasta hacer de sus víctimas hombres débiles, lánguidos, enfermizos y abatidos, como el joven que Salomón describe en su metáfora: «buey que va camino al matadero, ciervo que cae en la trampa, o ave que se lanza contra la red». Al llegar a ese punto el hombre cristiano ha dejado de someterse al señorío de Jesucristo para someterse a un tirano, un déspota, un opresor, que ha llegado a ser su ídolo. La lascivia es idolatría en su forma más intolerante y destructiva.
¿Qué ocurre con el que se entrega a la lascivia?
En primer lugar, pierde la paz. El cristiano que se entrega a la pornografía sabe que hace mal, que está defraudando a su esposa y a sus hijos. Por cierto, tiene que esconderse para practicar ese hábito. Sabe, también, que es una ofensa contra Dios. Y si es predicador, tarde o temprano su mensaje perderá el calor espiritual que lo hace convincente, y perderá la autoridad de Dios que lo hace ser un líder.
El que se entrega a la lascivia vive también con remordimientos de conciencia. Es como un delincuente, en huida constante. No es un prófugo de la justicia humana, pero vive huyendo de sí mismo, huyendo de quienes puedan descubrirlo en su adicción y huyendo de Dios. No puede acercarse a Dios en oración porque sabe que hace mal. Es más, su adicción lo aleja de la Biblia, de modo que ya no aparta tiempo para su lectura devocional. La Palabra de Dios es como un espejo que lo hace ver lo negro y lo sucio que es su hábito pornográfico.
Para colmo de males, su adicción va en aumento con el paso de cada día. Lo que comenzó siendo sólo un vistazo de una mujer desnuda en una revista se convierte rápidamente en una exploración insaciable que lo hace perseguir ese vicio hasta perder el dominio propio. Esa es la condición de quien se deja arrastrar por la pornografía.
¿Hay alguna solución?
Sí la hay, pero sólo para el que desea profundamente, con absoluta y total sinceridad y de todo corazón, ser liberado de esa esclavitud. Tiene que reconocer que esta adicción no solamente destruye al adicto sino que, peor aun, lo separa del Dios a quien pretende seguir.
Permíteme, mi querido Timoteo, ser muy franco y sincero contigo. Aunque hayas llegado a ser víctima de la pornografía debes comprender, en primer lugar, que Dios te ama de todo corazón. Tú eres alguien muy especial para Dios. Él te llamó desde el vientre de tu madre para ser su siervo, su ministro, en la predicación del santo evangelio de nuestro Señor. Debes comprender también que nuestro Señor desea y necesita verte libre de todo lo que disminuya tu capacidad de servirle a él. Debes saber, también, que puedes valerte de su divino poder para librarte de esa adicción; no tienes que ser esclavo de los deseos de tu naturaleza pecaminosa.
El Apóstol Pablo, en su Carta a los Romanos, escribe: «La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz ... Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán ... Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: "¡Abba! ¡Padre!"» (Ro 8.6, 12, 13, 15 NVI) Santiago nos dice: «Dichoso el que resiste la tentación porque, al ser aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman. Que nadie, al ser tentado, diga: "Es Dios quien me tienta." Porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni tampoco tienta él a nadie. Todo lo contrario, cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte.» (Stg 1.12-15 NVI)
Permíteme, mi querido Timoteo, darte unos cinco consejos que podrán ayudarte en la liberación de esta adicción:
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Haz la determinación definitiva de que vas a dejar de involucrarte en la pornografía. La solución comienza con esa determinación. Uno tiene que «decidir» no permitirse jamás jugar con la tentación. Repito las palabras de Santiago: «...cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen.» En postración, Timoteo, ante la presencia de Dios di: «Señor, yo no quiero seguir practicando esto. Determino dejar de hacerlo. Sé que tú me ayudarás.» Para perseverar en tu determinación, toma decisiones concretas para ayudarte a huir de la tentación. Tú sabes bien en qué circunstancias la tentación es difícil de resistir. Huye de ellas y busca protección.
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No te apartes ni un solo día de la lectura de la Palabra de Dios. Al abandonar la lectura de la Biblia dos cosas ocurren. Primero, uno pierde conciencia de la santidad de Dios y de su exigencia de total santidad de parte de sus hijos. Segundo, uno pierde conciencia de la debilidad de uno mismo. Al no leer la Biblia constantemente, dejamos de advertir nuestra propia debilidad moral y pecamos. No nos damos cuenta de que nos estamos destruyendo a nosotros mismos.
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Confiésale a alguien tu debilidad. Esta persona debe ser alguien en quien tengas suma confianza, alguien a quien respetes altamente, alguien que sea maduro y estable y sea un amigo tuyo. Es importante que tengas a alguien a quién rendirle cuentas. Esta persona podría ayudarte a descubrir posibles carencias de afectividad que tengas y así guiarte a encontrar la plena satisfacción en Cristo.
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Si crees que puedes hacerlo sin provocar confusión en tu matrimonio, háblale a tu esposa acerca de tu debilidad. Dile que necesitas su apoyo. Hazle saber que la amas profundamente y que necesitas que ella se una contigo en la búsqueda de tu liberación.
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No pierdas fe en la ayuda divina. Dios, más que cualquier ser humano, está de tu parte. Él desea ver tu completa liberación, y tiene tanto el poder como la voluntad de verte libre.
Mi querido Timoteo, tú puedes vivir en victoria. No tienes que ser esclavo. Nuestro Señor ya compró tu liberación de todo vicio, de todo pecado y de todo mal. Eres hijo de Dios y hermano de nuestro Señor Jesucristo. Él te ha comprado con su sangre bendita. Ya no tienes que vivir bajo la presión de ninguna esclavitud. Reclama tu victoria en Cristo.
Ideas básicas de este artículo
- De todas las tentaciones que incitan y conquistan a los siervos de Dios, quizá la más intensa sea la lascivia. Una de las formas en que se expresa es la pornografía.
El adicto a la lascivia vive en constante huida de sí mismo, de otros y de Dios y pierde completamente el dominio propio, por lo cual va en camino de su propia perdición.
Para el que quiera liberarse de la lascivia se recomienda: dicidir dejarla definitivamene, lectura diaria de la Palabra de Dios, rendir cuentas, depender de la ayuda divina.
Preguntas para pensar y dialogar
- ¿Cuáles pueden ser los motivos por los que una persona se involucra en este pecado?
- ¿Por qué el autor describe la lascivia como un engaño?
- ¿Qué pasos concretos cree que debe der para no caer en esta adicción?
- Si usted es una parsona que es adicta a la pornografía, ¿cuáles son los pasos que debe dar para su liberación? ¿Cuál de estos pasos es más difícil para usted?
| CARTAS A TIMOTEO |
| No dejes de leer la Biblia |
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por Hermano Pablo
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Un día recibí una carta de una colega mía del instituto bíblico donde los dos habíamos asistido. Su carta decía: «Pablo, te escribo porque he tenido un sueño acerca de ti que me ha dejado desconcertada. Te vi como un mendigo vestido en harapos. No sé lo que quiere decir, pero el sueño me dejó hasta débil. Quiero que sepas que estoy orando por ti y que Dios te tiene en su mente y en su corazón. No te desanimes.» | |
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CARTAS A TIMOTEO Número 1
«Cartas a Timoteo» es el cumplimiento de un deseo que por mucho tiempo he tenido de compartir, especialmente con ministros jóvenes, algunas lecciones que a través de mi vida he aprendido. No quiero dar a entender, con el uso del nombre Timoteo, que yo pretendo creer poder emular al gran apóstol Pablo. Timoteo, en el caso mío, representa al joven ministro del día de hoy que desea de todo corazón servir al Señor con toda su fuerza, toda su mente y toda su alma. Espero que algunas de estas lecciones y algunas de las experiencias que he vivido puedan servir de dirección e inspiración en la vida de mis consiervos jóvenes en el ministerio.
Mi querido Timoteo:
Esta es la primera de una serie de cartas que deseo compartir contigo. Espero que podamos establecer una amistad cercana. Como consiervos, nos necesitamos los unos a los otros. Gracias por hacerme partícipe de tu confianza.
Quiero hoy hacer referencia a dos cosas que he sabido de ti. La primera, es darle gracias a nuestro Dios por tu dedicación al ministerio. Se me ha dicho de tu entrega total al trabajo del Señor. Si algo es de elogiarse, es la perseverancia en el llamado de Dios. Tú has perseverado como fiel siervo de Dios ministrando a cuantos han tenido necesidad de ti. No te has cansado del buen hacer. Prueba de eso son los muchos que dan buen testimonio de ti. Te alabo por esto.
Sin embargo, sí hay algo que me concierne. Permíteme expresártelo con algo que a mí me sucedió como por el año 1962, unos veinte años después de que comencé a predicar.
Una noche acababa de traer la Palabra a una de las iglesias en San Salvador, donde vivía; el mensaje había sido aceptado; iclusive, algunas almas habían venido al Señor, cuando al sentarme algo dentro de mí me dejó pasmado. Era como si me escuchara a mí mismo decir:
«Pablo, tú no crees lo que has predicado.»
El pensamiento me embargó a tal grado que me quedé confundido y asustado.
Regresé a la casa y no le dije nada a mi esposa, pero seguí escuchando con mucho temor y aprensión esa reprobacion: «Pablo, tú no crees lo que has predicado».
Pasé esa noche casi sin poder dormir. Mi mente estaba dando mil vueltas, tratando de descifrar el significado de ese mensaje. Dos cosas eran ciertas. Una, yo estaba leyendo libros que tenían que ver con el mejoramiento personal: cómo tener más confianza en mí mismo, y cómo ser un mejor comunicador. Yo ya estaba involucrado en radio y deseaba usar ese medio de la mejor manera posible. Eso en sí no representaba nada malo, pero había otra cosa.
Yo no estaba leyendo la Biblia como debía. Podían pasar días y, excepto para predicar algún mensaje, casi no la abría. Yo decía que era por estar muy ocupado en las cosas del Señor. Viajaba continuamente visitando iglesias por toda la república de E1 Salvador. Predicaba varias veces por semana. Además, daba clases en un instituto bíblico y, por supuesto, siempre tenía que estar escribiendo y grabando los programas diarios de radio.
¿Qué iba sucediendo? Poco a poco yo estaba perdiendo conciencia de Dios en mi vida y me estaba enfriando espiritualmente. Por alguna razón totalmente errónea e ilógica yo no relacionaba la lectura diaria de la Palabra con mi relación con Dios. Esto, por supuesto, era un craso error.
Fue así como, casi sin darme cuenta, fui perdiendo la fe. Gradualmente comencé a dudar de los milagros de la Biblia. ¿Cómo pudieron las aguas del Mar Rojo retroceder, apartándose de un lado y de otro para dejar paso en seco al numeroso pueblo de Israel? ¿Cómo pudo Gedeón, con trescientos hombres, ganar la batalla contra los madianitas, que eran cientos de miles? La Palabra de Dios está llena de incidentes milagrosos que van más allá de toda lógica humana. ¿Cómo pudieron suceder estas cosas?
Estas fueron las cavilaciones que embargaron mi mente, y por ser situaciones más allá de la comprensión humana, yo las estaba dudando. Sencillamente, yo estaba perdiendo 1a fe. Fue así como después de ese mensaje en esa iglesia de San Salvador mi mente me dijo: «Pablo, tú no crees lo que has predicado». Linda, mi esposa, sabía que algo me estaba sucediendo, pero yo nunca le revelé a ella el fondo de mi angustia.
Un día recibí una carta de una colega mía del instituto bíblico donde los dos habíamos asistido. Su carta decía: «Pablo, te escribo porque he tenido un sueño acerca de ti que me ha dejado desconcertada. Te vi como un mendigo vestido en harapos. No sé lo que quiere decir, pero el sueño me dejó hasta débil. Quiero que sepas que estoy orando por ti y que Dios te tiene en su mente y en su corazón. No te desanimes.»
Al leer la carta yo lloré. Linda se unió a mí pidiendo la ayuda de Dios.
En esos dias algo vino a mi mente que yo, después, pude comprender que era de Dios. Fui mentalmente trasladado a una selva remota donde los habitantes no sabían nada de civilización. No sabían leer ni escribir. Ni siquiera sabían que debían vestirse. Eran totalmente salvajes, sin nunca haber tenido contacto alguno con ninguna civilización.
Lo que vi en ese lugar me dejó asombrado. Vi a personas totalmente rústicas que, aunque nunca habían oído de escuelas, ni de libros, ni de iglesias, ni de Dios, tenían ídolos. Estos eran ídolos que ellos mismos habían creado y labrado, a quienes llevaban fruta y candelas, y ante los cuales se arrodillaban y rezaban. Nadie les había enseñado nada de eso, pero tenían fe. Una fe, por cierto, distorsionada, pero fe como quiera que sea.
Muy rápidamente caí en la cuenta. Dios me estaba diciendo que el ser humano, así como llega al mundo, antes de que nadie le enseñe nada tiene, de por sí, fe. O sea, tener fe es el estado natural del ser humano. La fe en Dios no es algo que se aprende. Más bien se aprende a no tener fe. La fe en Dios, aunque muchas veces muy distorsionada, es parte natural del ser humano.
Fue así como me di cuenta de que por haberme alejado del estudio diario de la Palabra de Dios me había enfriado a tal grado, que comenzaba a dudar de los milagros del sagrado libro.
Es imposible, mi querido Timoteo, sobreenfatizar la importancia, más aún, lo indispensable de leer diariamente la Biblia. Quiero dejar contigo dos prácticas en cuanto a la lectura de la misma. No me refiero al estudio que el ministro tiene que hacer para preparar sus mensajes. Me refiero a la lectura devocional diaria. Yo he aprendido a leer la Biblia diariamente de la manera siguiente: cada día de la semana, de lunes a sábado, leo porciones consecutivas de la Biblia entre los libros que a continuación escribo. No es cuestión de leerla toda dentro de cierto tiempo, digamos un año, o de leer tantos capítulos por día. Lo importante es leer algo de la Palabra de Dios todos los días y, a través de la semana, haber leído porciones de seis diferentes lugares de la Biblia. Algunos días puede ser que uno lea diez o quince capítulos. Otros, quizá, sólo uno o aun menos de uno. Si por alguna razón uno no pudo hacer su lectura en tal o cual día, la semana siguiente uno lo recoge nuevamente. Yo no fui quien ideó este plan, pero lo he venido practicando por muchos años. Helo aquí.
- Lunes: leer porciones consecutivas entre Génesis y Deuteronomio.
- Martes: leer porciones consecutivas entre Josué y 2º de Crónicas.
- Miércoles: leer porciones consecutivas entre Esdras y Cantares.
- Jueves: leer porciones consecutivas entre Isaías y Malaquías.
- Viernes: leer porciones consecutivas entre Mateo y Hechos.
- Sábado: leer porciones consecutivas entre Romanos y Apocalipsis.
Al terminar la sección correspondiente a cualquiera de los días, se regresa nuevamente al principio.
La otra práctica es la de leer un capítulo de Proverbios por día. Hay 31 capítulos y, generalizando, hay 3l días en el mes. Mi esposa y yo, juntos, hacemos esto todos los días. Si desde hoy en adelante, Timoteo, lees la Palabra de Dios todos los días, y lo haces en actitud de oración, pidiendo del Señor luz, sabiduría e inspiración, estarás continuamente consciente de la presencia de Dios en tu vida. Además, nunca te faltará material para tus sermones.
Mi oración es que siempre estés cerca de Dios. Así de cerca estará Dios de ti. Serás como árbol plantado junto a arroyos de agua que da su fruto a su tiempo y su hoja no cae. | |